“Puntillas y carajones ¡todo vale!”

 
Diccionario R.A.P. (Real —de realidad— Academia Pejina)
30/09/2020 / Diccionario R.A.P. (Real —de realidad— Academia Pejina)
Por Fernando Baylet

Empecé medio en broma. La verdad es que llevo tiempo recopilando una serie de palabras (algunas originales, otras importadas, otras simplemente mal dichas) que acompañan la jerga del día a día de Laredo, aún hoy.

Hay un poco de todo: palabras de ámbito propio; palabras mal dichas que también se dicen mal en otros lugares; síntomas y enfermedades; palabras propias de la gente del campo o de la mar; nombres peculiares para designar algunas cosas; animales; situaciones; calificativos; concordancias; verbos mal utilizados; maldiciones; o frases impactantes que incluso, a veces, hay que explicar.
 
Muchas no son únicas y exclusivas de la idiosincrasia laredana (ignoro el origen de algunas y otras también se utilizan en otros lugares como ya he apuntado) pero sí es verdad que se pueden escuchar en cualquier lugar, bar, o conversación, aquí.

Aprendí las primeras en el colegio (las que hoy abordaré) y otras, poco a poco, a lo largo de mi vida. Nunca pensé que la cosa iba a dar para tanto. Llegó un momento en que la colaboración popular me sobrepasaba (aquí ha colaborado mucha gente a la que doy gracias). Tenía que apuntar una palabra (para no olvidarla) y no tenía boli ni papel. Así las cosas, recurrí al móvil que, como alguien dijo: “vale para todo menos para hablar porque cuando estás hablando, o tienes necesidad de hacer una llamada urgente, te quedas sin batería”. Sí, enviaba un wasap a un familiar o amigo, con la palabra en cuestión para que no se me olvidase, con la correspondiente perplejidad del que recibía tal wasap (al momento me respondían con algo así: “¿¿????” #&*).

Llegados aquí, hoy solamente vamos a abordar algún término de ese diccionario R. A. P. (que, ya digo, tiene muchos términos) y, en concreto, algunas palabras (o “fórmulas mágicas”) de aquellos niños laredanos, de aquellos juegos de calle o colegio, de esa forma que tenía de interpretar la vida, mediante voces, un niño laredano.

Con este texto, sin más pretensiones, vuelvo a retomar mi colaboración con esta revista que, además de entretener, también busca recuperar y conservar esa idiosincrasia nuestra que, con tanta globalización, poco a poco se va diluyendo y olvidando.

Bien, ¡al tema!

Mi llegada a aquel colegio (entonces José Antonio, hoy Villa del Mar) implicaba comprender y mimetizarme con el entorno, con aquellos niños. Aquel era un colegio de educación diferenciada. Sí, únicamente para chicos. Ahí, me tropecé con palabras que en mi casa no se decían y, para no desentonar y hacerme entender, yo también las utilizaba.

Ese es el caso de “apuntería” (por puntería) a la hora de dar con acierto una pedrada en la diana elegida. En aquel Laredo, con muchas calles sin asfaltar, había montones de piedras por la calle. Piedras que servían como munición para aquellas guerras de bandos infantiles sin más pretexto que reivindicar la superioridad de un bando sobre otro. Bastaba con que unos niños fuesen alumnos de la Escuela de Pesca (ubicada en el Palacio de “Las Cuatro Témporas” – actual Juzgado-) y los otros del José Antonio. La guerra de piedras estaba justificada y en muchas ocasiones te ibas para casa con un chichón o una brecha en la cabeza. Todo en secreto, porque si se enteraba el maestro, o tus padres, tenías las tortas garantizadas.

Esa “apuntería” también servía a la hora de otros juegos como el “tiragomas” o las canicas. Hablando de canicas, dar un “can” era dar un golpe con una canica a otra. Se disparaba la canica con los dedos de la mano con intención de golpear a la del contrario. De hecho, había una modalidad de juego que se llamaba: “a canes”. Y el premio estaba en que el primero que golpease la canica del contrario ganaba otra canica a pagar por aquel cuya canica había recibido “el can”.

Del juego de las canicas viene el “garrabón” o “canicón”. Sí, alguno, para asegurar el éxito de su juego, utilizaba un rodamiento de acero o bola de barro de gran envergadura. Eso era un “garrabón”, aunque normalmente las canicas eran de cristal o barro y… Sí, también había canicas grandes de cristal, aunque abundaban menos.

Parecido era el juego de las “chapas” o “chaplones”. Se utilizaban las chapas o coronas de las botellas para hacer carreras o dar “canes”. Para las carreras (dándoles impulso a golpe de dedo) se dibujaban circuitos de tiza en el suelo o… podías ir a la playa y hacerlos con arena. Sí, también se jugaba así con las canicas.

El no cumplir con las reglas pactadas, hacer trampa, o abandonar la partida sin más, iba acompañado de una pena llamada: “Espoliqui”. Pena que consistía en que eras rodeado y golpeado por los compañeros de partida, quienes te infligían una serie de golpes con la mano, el puño, o una patada (de uno en uno o de forma colectiva),a la vez que se pronunciaba la “fórmula mágica”: “Espoliqui, sabañón, metralleta, plón y cañón”.

También había otra “fórmula mágica” a la hora de seleccionar a los compañeros de partida (o partido de fútbol),por quien tenía el honor de organizar tal o cual juego: “Puntillas y carajones…”.

La cosa consistía en que había que decir: “Puntillas y carajones ¡todo vale!”. A continuación, los dos “capitanes” de los equipos a formar se colocaban uno frente a otro y empezaban a dar pequeños pasos (más bien a colocar un pie frente a otro) hasta casi coincidir. Según se avanzaba el primero en poner su pie decía: Oro; el siguiente: Plata. Y así se iba avanzando. El primero que tuviese la oportunidad de poner uno de sus pies (el correspondiente al avance) en el hueco dejado entre los pies de ambos adversarios tenía que decir “monta”, a la vez que girándolo ubicaba su pie en el hueco dejado entre los otros dos pies confrontados. Ahí se decía: “cabe”. Y ya tenías el honor de hacer tu primera elección o selección, entre tu grupo de amigos. Y siempre se empezaba por aquel considerado más habilidoso, ¡claro!

Esta fórmula era tan respetada que incluso se podía impugnar la elección por cualquier jugador de la partida, esgrimiendo que antes de la oportuna selección no se había recitado la fórmula en cuestión: “Puntillas y carajones ¡todo vale!”. En este caso se argumentaba que estaba mal hecha la elección porque ¡No hemos dicho nada! (Se entiende que antes de).

Y vamos acabando (quedaría alguna cosa más) rematando con dos palabras peculiares: Seta y Guiñate. Sí, muy nuestras.

La palabra Seta se ponía de moda, sobre todo, cuando uno de nosotros iba al colegio, todo pelado, por el barbero de entonces. Te dejaban tan “pelado” que se decía que estabas: “Calaverucu” (corte de pelo a lo militar).

Seta era sinónimo de “colleja”: golpe dado con la mano abierta en la nuca. Y hay que tener en cuenta que aquellas aulas eran de 40 alumnos teniendo, cada uno, su correspondiente derecho a dar “la seta” en cuestión. Unas más suave, otras más fuerte, te dejaban el cogote colorado.

Y acabamos con una palabra que a mí me resultó harto singular al descubrirla: Guiñate/ “dar guiñate”. Guiñate era hacer novillos; expresión popular que significa ausentarse del colegio, bien para irse de paseo o a jugar. De ahí que al niño que faltaba mucho a clase le llamasen: “Guiñateru”.

Y con esto lo dejaremos por hoy. Bien es verdad que tal vez habría que haber hablado de “El Trinchi”, “La Viada”, “El Marro” o “Los Cabezones”, pero eso lo dejaremos para otra ocasión. Ya os digo que tengo diez páginas llenas de “palabros” diversos.
 
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