​Homenaje sorpresa a los artífices del asador “El Curro”

 
Homenaje Asador El Curro
24/09/2020 / Homenaje Asador El Curro
Texto: Javi González

El pasado mes de febrero, Engracia Marcela de los Santos Vidal, “Uca”,  y Alfonso González Morales, “Fonso” recibieron una de esas sorpresas que se cosechan tras una vida de fructífera siembra. Ambos fueron homenajeados por quienes durante tres décadas formaron parte de su tripulación en el  “El Curro”. Un asador inolvidable que cerró sus puertas hace 20 años y que durante su andadura supo ganarse un hueco en el aprecio de laredanos y visitantes.

Asentado a la entrada de la antigua fábrica de Salvarrey, a los pies del viejo muelle pejino, se convirtió en un templo gastronómico de obligada visita durante la época estival, entre los años 1966 y 1999.  Hay quienes aseguran que nunca han vuelto a degustar unas sardinas tan sabrosas como aquellas que salían por cientos de unas parrillas que no dejaban de echar humo desde la festividad de San Antonio hasta la víspera de las encerronas. Casi tres meses de faena en los que una plantilla de veinte personas trabajaba sin descanso desde que abría sus puertas a media tarde hasta bien entrada la noche. Por cientos se contaban quienes aguardaban pacientemente la cola, esperando ocupar uno de los huecos entre aquellas bancadas donde se compartía mesa, tragos y buen humor.

Uca y Fonso se pusieron al frente de este novedoso establecimiento de quita y pon tras una estancia de tres años en París. Corría el año 1966, y comenzaban a cambiar los usos  y costumbres en un Laredo inmerso en pleno boom del turismo francés.  Si hasta entonces apenas se estilaba ofrecer esta delicatessen para degustación del público, pronto establecimientos como el Somera y el Miguelón constataron la buena acogida que tenían aquellas sardinas asadas en plena calle. Y a esa ola se fueron subiendo otros establecimientos, entre ellos, El Curro.  

Cuentan nuestros protagonistas que uno de los secretos de aquel sabor irrepetible era la forma de pescar las sardinas. Conocidas como sardinas de raba, se capturaban usando huevas de bacalao para macizar el agua y atraer los bancos de una especie tan sabrosa como voraz. De ese opíparo menú servido a modo de eficaz engaño procedía ese gusto tan característico, para muchos insuperable. Hasta 200.000 kg calculan Fonso y Gelín, su proveedor en aquellos tiempos, que habrán llegado a despachar en toda su trayectoria. Cifra deslumbrante que sólo se justifica por el clamoroso éxito con el que rubricaron toda su trayectoria.  

La otra clave era el manejo de los tiempos. Las parrillas eran el territorio reservado a Toñín  y Julio, dos operarios del servicio de limpieza municipal que durante el verano aprovechaban el lance para redondear su jornal con un generoso extra. El primero se centraba en exclusiva de las sardinas, a las que manejaba con tanto esmero que parecían flotar sobre las brasas, a la espera de alcanzar el punto perfecto. El segundo se ocupaba del bonito, los calamares, los besugos y demás manjares reconvertidos en pura tentación a golpe de calor. 

El toque maestro llegaba con esa salsa luli luli, cuya receta es tan complicada de rastrear como la fórmula de la coca cola. Sin olvidar las preves que usaban para otros platos igualmente deliciosos. Las ensaladas, elaboradas con generosidad y abundancia bajo las indicaciones de Sarito "la del chichi" se convertían en el mejor complemento para quienes llegaban ávidos de matar el hambre y acababan dándose un auténtico festín.

Porque si algo tenía aquel recinto era un sano ambiente donde se entablaba amistad a ritmo de bocados, buen humor y algarabía. Un bullicio en un recinto que acogía a la clientela bajo un dintel decorado con la clásica leyenda de “On parle français” que, en el caso de nuestros protagonistas, proclamaba una verdad, a diferencia de lo que se estilaba en una villa que parecía llevar en los genes el ánimo de agradar. 

La banda sonora del lugar reproducía los éxitos del verano con una especial predilección por temas como “Macarena”,“El Chiringuito”, el pasodoble “Que viva España” y, por encima de todos ellos, la irreverente “La Ramona Pechugona”, cuya cinta se rebobinaba una y otra vez para deleite de toda la concurrencia. 


Que eran otros tiempos, no necesariamente peores, se refleja en aquellos bidones de agua con limón que servían para que los clientes se lavasen las manos una vez saciado el apetito. Porque en estos recintos era sagrado comer las sardinas sujetas con los dedos, sobre un lecho de pan. Hasta seiscientas barras se despachaban en un fin de semana. Barreños de plástico suplían la carencia de agua potable en los primeros años. Tres, eran tres, los baldes así dispuestos: uno para fregar, otro para aclarar, y otro para escurrir. La llegada de los grifos supuso una pequeña revolución en un negocio donde todo salía adelante por las ganas y la entrega que le ponía el personal. 

En los primeros años tampoco había baños públicos, y las personas más apuradas debían recurrir a la antigua rampa para aliviar sus urgencias. Un lance que, visto en la distancia, tiene un punto jocoso y que alguien como Antuán, secundando con complicidad por Enrique el del Odeón, inmortalizó en unas cuñas radiofónicas que sonaban así: “¡Mamá, mamá, que me churro! Vete a la rampa vieja, que te espero donde el Curro”.  Y otra no menos simpática:  “Cuando Juana la Loca comía endrinas, el asador del Curro ya asaba sardinas”.  

Cuando se cerró aquella etapa, Uca y Fonso se refugiaron en el bar El Curro de la calle Emperador, que de hecho era su particular cuartel de invierno, otoño y primavera desde los comienzos. Las raciones para turistas se cambiaban por unos contundentes menús del día para obreros y trabajadores que siempre agradecieron la buena mano de una cocina casera que dejó imborrable huella. A las pequeñas de la casa, Yoli, Mónica y Ana les salieron los dientes viendo a sus padres volcados en un oficio en el que acabaron recibiendo clases de iniciación y nivel avanzado a lo largo de su juventud. 

Hoy siguen su estela su hija Mónica y Javi Cacho, al frente del bar “El Túnel” y del “Son de Mar”, en cuya carta han incorporado algunos de las especialidades más emblemáticas de aquel asador. Para quienes sientan curiosidad por el nombre de guerra del establecimiento, lo de “Curro” es una herencia que recibió Fonso por parte de padre, el "Curro" original, a quien es imposible recordar sin imaginarlo vinculado al amor de su vida, Marcela. Criado en Santander,  era rubio y tenía el pelo con tirabuzones. Aquellas gentes de la zona de Puertochico comentaban al verle venir “Mira que niño más currín”. Y así se forjó un mote que hoy es un clásico en Laredo. Todo logrado a base de dedicación y cariño hacia una labor que que siguen recordando con agrado. Por eso la emoción les desbordó en aquel cariñoso homenaje brindado por unos empleados que para Uca y Fonso, eran como su gran familia. 

Nunca es tarde si la dicha es buena. Y aunque esta  crónica asoma con meses de retraso respecto a cuando acontecieron los hechos -antes de la irrupción del coronavirus-  merece la pena traerla a primer plano para rescatar una época de la historia pejina que seguro que hará las delicias de nuestros seguidores.  
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